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viernes, 25 de marzo de 2016

Sermón de Pregones 2016. Por Sandra Carbonero Redondo


Sermón de Pregones 2016. Por Sandra Carbonero Redondo
Era un 25 de marzo como hoy. Concretamente, el 25 de marzo del décimo octavo año del Gobierno de César Tiberio. Aquel día, Jesús de Nazaret es sentenciado a muerte injustamente. Fue condenado por aquellos que antes lo habían aclamado. Ahora piden que lo crucifiquen como un vulgar ladrón o como un asesino. Se les había olvidado que Jesús es el Hijo de Dios. El Rey de los Judíos. El Salvador. El que sanaba a los enfermos. El que daba de comer a los pobres. El que enseñaba a los niños y jugaba con ellos. El que defendía a las mujeres. El que vino a predicar el mensaje de Dios. Quien dio la vida por nosotros.
¿Quién puede atreverse a crucificar a un hombre tan justo? Sólo los que padecen una ceguera en el alma y en el corazón pueden hacerlo.
Jesús fue capturado mientras oraba en el jardín de Getzemaní por culpa de la traición de Judas. Lo vendió por unas monedas de plata, que en realidad le salieron muy caras. Cristo era consciente de que su final estaba cerca, pero él siempre tuvo presente cuál era su destino y siempre lo miró de frente.
 El mismo día de la Pascua Judía, Jesús fue juzgado ante el Sanedrín y fue hallado culpable por el delito de blasfemia. Pero, ¿cómo va a cometer Jesucristo tal ofensa contra su padre? Esto sólo podía ser obra de unos incrédulos.
Tras este tiránico juicio, fue conducido ante Poncio Pilato, continuando con la tradición de liberar a un preso en esa efeméride. Pilato se acercó a Jesús y le dijo “¿Entonces, tú eres Rey?”. A lo que Jesús le contestó: “Tú lo dices: yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo aquel que es de verdad, escucha mi voz”[1].
Pilato, sí creía en la inocencia de Jesús, pero su cobardía provoca que sean otros los que dicten sentencia. El pueblo soberano es el que habla, bajo el influjo de la presión de los sacerdotes. La cobardía y el miedo sí son pecados y te llevan a la debilidad, al egoísmo y la mentira. Y en este caso, Pilato llevo a Cristo a la crucifixión.
Claudia Prócula, la esposa de Pilato, aconseja a su marido para que se aleje de la locura que se va a cometer: “No tengas nada que ver con ese justo; porque hoy he padecido mucho en sueños por causa de él”.  Pilato se lava las manos delante del pueblo: “Inocente soy yo de la sangre de este justo; vosotros veréis”[2].
A lo que el gentío respondió: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos”[3].
Pilato, atendiendo a los gritos del pueblo, optó por liberar a Barrabás y a Jesús lo mandó a azotar.  “Y los soldados entretejieron una corona de espinas, y la pusieron sobre su cabeza, y le vistieron con un manto púrpura”[4] mientras se burlaban de él y le decían: “¡Viva el Rey de los Judíos!”.
            Jesús acepta su sino con total valentía y entereza. Lo que hizo fue darnos de nuevo una auténtica lección que debemos implantar en nuestras vidas. Nunca debemos mirar atrás. Siempre adelante para plantarle cara a los malos momentos, a los problemas y a las injusticias.
            Jesús de Nazaret fue obligado a cargar con una cruz hasta el Gólgota. Simón, el cirineo, lo ayudó en ese largo y tortuoso camino. En él, se encontró con su madre. Sus últimas palabras. Sus últimos besos. Sus últimos abrazos con ella. La despedida entre una madre y un hijo condenado a muerte. También se tropezó con la piadosa Verónica, que limpió su rostro sudoroso y ensangrentado para intentar sosegar su amargura.
            Ya en el Calvario, lo clavaron en la cruz en medio de dos malhechores. Y junto a él, un letrero con la inscripción “Jesús, el Nazareno, el Rey de los Judíos”. Jesús jamás mereció tal castigo ni sufrimiento.
            Al entrar la tarde, no pudo soportar tanto dolor y mirando al cielo se dirigió a su padre: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”[5]. Los allí presentes, aseguraron que tras ese lamento agónico Jesús expiró entregando su alma a Dios.          
Poncio Pilato atendió la petición de José de Arimatea para bajar el cuerpo de Cristo de la Cruz. Lo envolvieron en unas sábanas de pureza y lo colocaron en el sepulcro sellado tras una pesada roca.
            Cuando caía el alba del tercer día, su madre María junto a María Magdalena y María Salomé fueron a visitar a Jesús para ungir su cuerpo con acetites aromáticos. Cuentan que hubo un estruendo. Un temblor de tierra. Que estaba allí un Ángel, junto al sepulcro de Jesucristo. Que les habló y les dijo: “No os asustéis; buscáis a Jesús Nazareno, el que fue crucificado. Ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar donde lo pusieron”[6]. La gigantesca roca que lacraba la tumba ya no lo hacía. Las tres Marías se acercaron. El sepulcro estaba vacío. El milagro se había obrado. Jesús había resucitado.
Cristo decidió aparecerse ante los once apósteles y les dijo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvado; mas el que no creyere, será condenado”[7].
            Por todos estos acontecimientos, nosotros estamos aquí hoy. Recreando la vida, muerte y resurrección de Jesús. Siguiendo sus pasos y sus enseñanzas muy de cerca. Sin perder la fe en él, ni tan si quiera en los momentos de debilidad. A pesar de seguir pasando los años o los siglos, nosotros seguimos recordándote y lo seguiremos haciendo, porque sabemos lo que hiciste y haces por nosotros siempre.
            Y por mí. Porque a pesar del agradecimiento que le debo a Junta de nuestra Cofradía por dejarme estar este Viernes Santo aquí, hablándote, sé que en el fondo eres el responsable de otorgarme este honor que me ha convertido en la primera mujer que da el Sermón de Pregones. No tendré suficientes Viernes Santos en mi vida para poder agradecértelo.

Salida del pregonero
 Introducción al pregonero
Pilato le preguntó al pueblo: “¿y qué hago con Jesús, llamado el Mesías? Contestaron todos: “¡qué lo crucifiquen!”. Pilato insistió: “¡pues qué mal ha hecho!”. Pero ellos gritaban más fuerte: “¡qué lo crucifiquen!”. Entonces soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran[8].

 Intervención del pregonero
Sentencia de Pilatos
Yo, Poncio Pilatos, juez
del Sacro Romano Imperio,
Presidente de Judea,
por nuestro César Tiberio
el año Décimo octavo
de su acertado Gobierno
a veinticinco de Marzo,
decreto, mando y ordeno:
Sufra el último suplicio
el reo Jesús Nazareno,
siendo en una cruz clavado,
en un lugar destinado
a cumplir este tormento
sirviendo así de escarmiento
a todo hombre malvado,
para que nadie sea osado
levantarse contra el César
que lleve la cruz a cuestas,
que muera entre dos ladrones.
Que nadie de esto se asombre
porque siendo un puro hombre
dijo hacerse el Hijo de Dios,
ese testimonio dio
el Pontífice a su gente
pidiendo a voces su muerte.
Con milagros engañosos,
enredador, mentiroso,
endemoniado, embustero,
enemigo declarado
del César, Dios y Senado.
Por eso lo han condenado
a muerte de cruz al infame.
Pues que tan mal ha obrado,
quien tal hizo que tal pague.

Retirada del pregonero y los romanos

 Introducción al Ángel
Entre el clamor popular de un pueblo bárbaro e ignorante, aparece una voz dulce e indulgente pidiendo clemencia por el Hijo de Dios. Un Ángel valiente que alza su voz entre la multitud por abogar por la verdad y la pureza de tus palabras. Palabras que dejaste grabadas con sangre en el alma de tus fieles y que aún continuamos predicando en tu Nombre.


 Intervención del Ángel
Y esta es la mayor injusticia
que jamás se ha visto en el mundo,
pues llevan a crucificar
al Hijo de Dios natural
y de las purísimas entrañas
de María Santísima.
Porque quiso hacerse hombre
y llevar sobre sus hombros
el peso de nuestras culpas.
Sanando a los enfermos,
resucitando a los muertos
y enseñando a los ignorantes
la verdad de la Doctrina.
Por eso le han condenado
a una muerte afrentosa,
por odio envidia y furor
y respeto de la tierra.
¡Esta sí que es la verdad!

2’ Cambio de Guardia

 Son casi las 7 de la mañana. Los primeros rayos de sol intentan romper entre las nubes para colarse por la cerradura de la Puerta del Sol. Ahí se agolpan nervios, emoción, pasión y un sinfín de sentimientos entorno a Jesús. Tus hermanos llevan un año soñando con poder caminar junto a ti en el sendero de tu muerte y resurrección.
La Iglesia de Santa María de la Encarnación se tiñe de nazareno y oro. Una parroquia llena de capirotes y cirios entre los que se esconden pequeños que se agarran y acurrucan entre los brazos de sus padres. Sus ojos son el reflejo de una estampa única e imborrable. Es la primera vez que se enfundan su túnica. Tal vez no llegarán ni a recordad el día de hoy con el paso de los años. Sólo conservarán ese bello momento a  través de fotos antiguas. Pero lo que es sí es seguro, es que continuarán con la tradición haciendo lo propio con sus hijos, como hicieron con nosotros.
Faltan 20 minutos para la primera Levantá, pero desde hace horas, ya aguardaban tus costaleros en las puertas de la Iglesia con entusiasmo para sostenerte en sus hombros. Para intentar coger la pata del caballo. Para soportar contigo el peso de esa Cruz que te impusieron. Para escuchar el primer Arriba Jesús y todos al unísono y a la voz y martillazo de Antonio hacerte tocar el cielo.
Mientras tanto, la Banda de Jesús afina sus notas para acompañar a su Cristo por las calles de Jerez a los sones de A tus pies Nazareno, Bajo la luz de tu mirada o La Saeta. Melodías que tratan de apaciguar tu camino que está escrito con una tinta perpetua en sus partituras. Tus músicos intentarán ofrecerte su mejor actuación, dejándose la piel después de todos los esfuerzos que han realizado a lo largo del año en cada ensayo.
Y tu escolta romana. Esa que puede que en el pasado no fuera justa contigo obedeciendo las órdenes que le daban. Ahora está ahí por ti. Aunque hoy te escolten, eres tú el que los escoltas cada día de sus vidas.
Pero hay alguien que nunca te deja solo. Unos pasos más atrás, irá tu angelical madre. Esa cara de niña curtida ya en mil batallas que han agrietado su corazón. Una madre nunca abandona a su hijo. Lo protege y lo cuida toda la vida. Su amor nunca podrá compararse con nada en el mundo.
Ni tampoco te abandonan tus fieles: San Juan, tu discípulo más aventajado y María Magdalena, la que tuvo el privilegio de ver tu ascensión al Cielo.
Se abre la Puerta del Sol. ¡Es la hora! La Cruz de Guía ya está en la calle. Los costaleros se ponen en sus puestos. “¡Arriba con él!”. Los corazones se aceleran. La piel se eriza. Las lágrimas ruedan por las mejillas. No hay palabras para describir este momento. Sólo aquellos que te llevamos muy adentro sabemos lo que supone esa amalgama de sentimientos.
Con templanza atraviesas el arco de la Puerta, bajo la Marcha Real, para continuar con paso firme tu recorrido que ahora comienza. Tus nazarenos te siguen intentando encender sus cirios para iluminar y dar calor a tu calvario. Aunque, es cierto, que el siempre desapacible aire que ronda por este barrio, querrá jugarles una mala pasada.  
Poco a poco Jesús irá por Monte Dorado, para bajar por Maraver y adentrarse por la larga calle de San Agustín. Sabe que al final de ella le aguardan los jerezanos impacientes por ver la ceremonia del Encuentro.
Entretanto, por las callejuelas de Santa María, va la Virgen de la Encarnación entre silencio y recogimiento. Las palabras de Pilato aún resuenan en su cabeza. Su manto negro aguanta el peso del dolor de una madre que con angustia espera el triste final de su hijo. Sus costaleros les prestan sus hombros para apoyarse en su sufrimiento, mientras Joseli los conduce a su destino.  
La custodian San Juan y María Magdalena. La guían en el reencuentro con su hijo. El arrojo, la valentía y la audacia que poseen ambos es comparable a la de sus portadores. Esos jóvenes y a veces niños que sueñan con poder llevar sobre ellos a Jesús el día de mañana. Son tan sólo sus inicios. Pero entre ellos también hay chicas que los portan, demostrándonos cada Viernes Santo su coraje y su raza.
Quedan 15 minutos para la primera Levantá.
En la Plaza de España ya hay un runrún. Todos están expectantes. ¡Jesús está llegando! El fervor por Nuestro Padre Jesús provoca que muchos aguanten horas y horas sin dormir sólo por verlo. Otros, se levantaron muy temprano para intentar coger sitio en esa abarrotada plaza.
Los primeros nazarenos se van colocando en la escalinata de San Miguel. En lo alto de ella, se situará La Buena Mujer, mientras emergen los primeros compases de la Banda. ¡Ya está cerca! Una prolongada fila de nazarenos se adentra por el Paseo, seguida de numerosas mujeres que intentan cumplir las promesas que le hicieron nuestro Señor, alumbrando su rostro y arropándolo en su desdicha. Los romanos también están en sus puestos, con esos fríos golpes de tambor que se te clavan como puñales, presagiando lo peor.
¡Ahí están tus costaleros! Son docenas los que te acompañan. Ya se ve la sombra de tu reflejo en la esquina. Entras por la Plaza entre fulgor y palmas. Tu caminar es seguro con tu túnica nazarena y tu cruz a cuesta, con la que te ayuda Simón, sobre un sendero de claveles rojos. Te franquean cuatro soldados romanos. Uno de ellos, a caballo. Delante de la Buena Mujer, te asientan. Ella proclama tu inocencia frente a los jerezanos. Poco a poco te acercas a ella. Tu rostro limpiará y en su pañuelo lo imprimirás.
San Juan se abre paso entre la multitud. María Magdalena lo sigue. ¡Ya divisan a Jesús! Salen a buscar a su madre, que aguarda el reencuentro con su hijo. La Virgen de la Encarnación deambula por la plaza lenta y afligida, mientras escucha la plegaria de la Buena Mujer. Su semblante lo dice todo. Entre su candidez resaltada entre hermosas flores blancas y velas de llamas infinitas, las lagrimas afloran empañando su belleza. Un llanto desconsolado ante su hijo. Es por la pena de perderlo y a la vez, por la alegría de verlo.
La escolta romana le cierra el paso. Las lanzas la frenan. Pero no se da por vencida. Lo intenta una y otra vez hasta lograr su objetivo. La Virgen escapa de los romanos y se funde en un conmovedor beso con Jesús, arropados por sus costaleros. La plaza vibra de emoción. Para tus hermanos, no hay momento más bello en la Semana de Pasión.
Toca procesionar sin cesar por las calles de nuestra ciudad. La calle “Arriba” se hace pequeña cuando nuestra cofradía se adueña de ella. Jesús la va inundando de exaltación. Las numerosas esquinas están hasta rebosar y los balcones cuelgan el cartel de “No hay billetes” para verte de cerca.
Desembocas en el Arco de Burgos. Atraviesas la antigua puerta de entrada a Jerez. Lo haces con magisterio y señorío. El aroma a perrunillas y a anís nos va embriagando. Estamos llegando a la Avenida de Portugal, donde haremos una parada obligada para que los costaleros y hermanos repongan fuerzas, gracias a las viandas con las que María nos obsequia.
            El Barrio de los Mártires comienza a despertar al compás de las marchas de la Banda. Los vecinos calloncos te reciben después de haber vivido su noche más grande. Lo hacen de forma cálida y acogedora. Mira qué grandeza tienes, que hasta en esta barriada, sus Señores comparte protagonismo en sus ventanales contigo.
Giras por la Corredera. Las Hermanas de la Cruz te anhelan con las puertas de su casa abierta. Santa Ángela, desde su altar, te observa con lágrimas de emoción. Y las Hermanas te rezan y te imploran que cuides a sus niñas y a los enfermos.
¡Ya vamos de vuelta! Se nota en el ambiente. Los más rezagados van a verte. La calle “Abajo” se reviste de alegría y color al pasear por ella. Nos queda el último tramo por Amargura, Pepe Ramírez y El Reloj.
Falta apenas 7 minutos para la primera Levantá.
Vuelves a tu barrio de Santa María. El llano es una algarabía nazarena. Hemos cumplido con nuestra estación de penitencia. Los costaleros llegan exhaustos, pero con ganas de seguir cargándote más tiempo. Entre tus hermanos te posas a esperar a tu madre. Lentamente van llegando el resto de nazarenos. Sus capirotes se van desatando. Quieren observa con total plenitud lo que se va a presenciar allí. Ya asoma la Virgen de la Encarnación. Su rostro parece iluminarse cuando te ve. Con nerviosismo y alegría os acercan y al compás de la música os mecen. Otra vez habéis conseguido que nuestros corazones palpiten agitados por tan bello instante que culmináis con un beso eterno.
Ya es la hora de volver a entrar en la Iglesia. Se producen sentimientos encontrados. De la felicidad de haber vivido con vosotros la mañana del Viernes Santos, pasamos a la pena de tener que esperar un año para volver a repetir estos momentos.


No es un adiós. Es un hasta luego. Los más valientes volveremos a estar esta tarde contigo, y esta noche, con tu madre. Para algunos puede que no sea lo mismo, pero para otros, el simple hecho de pasear contigo un ratito significa llenarnos de felicidad. Vosotros merecéis todo ello, porque sin ninguna duda sois el Rey y la Reina del Viernes Santo.

2’ Retirada de la Guardia

            Quedan apenas 3 minutos para que la pasión inunde el templo con la primera Levantá. Se nos empieza a crear un nudo en la garganta. La emoción está contenida. Todos los ojos están puestos en ti. Nadie ha podido evitar ser deslumbrado por la hermosura de tu túnica nueva. Hoy brillas más que nunca. No has podido elegir mejor momento para estrenarla, ya que este año estamos celebrando la declaración de Interés Turístico Nacional de nuestra Semana Santa.
Mientras tanto, los costaleros se aferran a su varal. Los nazarenos se ajustan el capirote. Continúa entrando gente. Unos procesionarán contigo. Otros quieren escuchar el primer “Arriba Jesús”. Otros vienen a rezarte. Y a otros les basta con contemplarte. Cada uno tiene sus motivos para estar ahora mismo aquí, pero todos tenemos algo en común. Estamos aquí por ti y por vuestra madre, la Virgen de la Encarnación. Porque…
Jerez de los Caballeros
es derroche y devoción
y es que la mañana del Viernes Santo
por las calles va el amor.
El amor de un nazareno
pues Él fue el hijo de Dios.
El llanto de tus cadenas
corta el aire de dolor.
Camino vas del calvario
entre plegarias y amor.
Hay una madre en silencio
que tras tus pasos ella llora
pues encarnó al que hoy sufre
y sin razón se condena.
Madre de la Encarnación
no sufras mi jerezana,
Ay si pudiera servirte y ser pañuelo en tus lagrimas,
ser consuelo de tu pena,
ser tus andas y ser morada,
ser estandarte o ser vara,
Cirineo del Nazareno de la cruz de nuestras faltas.
Jerez de los Caballeros
es reflejo de alabanza,
pues somos fieles a ti
Nazareno de mi alma.

            Ha llegado el momento que anhelábamos. A penas faltan unos segundos. Nuestra estación de penitencia ahora comienza. Ya vamos a caminar junto a ti.
Pueblo de Jerez. Hermanos de Jesús. Costaleros. ¡A este es!
¡Arriba Jesús!

Sermón de Pregones 2016. Por Sandra Carbonero Redondo



[1] Juan 18:37
[2] Marcos 27:24
[3] Mateo 27:25
[4] Juan 19:2
[5] Mateo 27:46
[6] Marcos 16:6
[7] Marcos 16:15-16
[8] Mateo 27, 22-23.26

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